Llorar
no me hace más hombre.
Y, en todo caso,
los huesos no lloran.
Los huesos
se han secado de lágrimas,
están muertos
en el traquear de las ruedas,
muertos
en las conversaciones de los de allá, de los de más allá,
y aún más muertos
en las oquedades de la vagina lúbrica
de la Moira Átropos.
No están. No estoy.
(para la mujer-lápida que sostuvo mi pene durante la circuncisión)