Oiga, yo me acuerdo de sus tetas pendulantes.
Recuerdo como colgaban sobre mi cara.
Los pezones como ojos de chamaco triste:
mirándose los zapatos.
“Ni un gramo de celulitis”,
no, de eso había kilos.
La cabalgata se daba como cuesta arriba:
así supe que no es fácil ser jinete de ballenas.
Dos palabras: chucha y pecueca -el amor, por tuerto, no deja de ser amor-
(me disculpo, querido lector: exudo poesía vivencial en esta noche)