Léase de principio a… ajá.
No sé qué decir. Ni mucho menos cómo decirlo. Pero luego, después de pensarlo un poco (¿y por qué no?), me doy cuenta de que hay mucho que decir. Pero, ¿qué? Nada. Y en ese acto, el de decir, es inevitable someterse de forma automática al juicio de los que creen tener potestad para criticar, que son todos o, cuando menos, los que “saben escribir” (si, yo no sé escribir, soy dizque artista y es inherente a mi labor la ineptitud literaria).
Como cuando se habla con las personas y éstas ponen mayor atención al ambiente, o cuando leo los mensajitos del celular mientras me hablan. Nada es necesario (otra mentira).
Es interesante como actúa la gente en sociedad. Podría reducir su comportamiento a unas cuantas líneas, justo como no lo voy a hacer.
Recuerdo que cuando era niño todo tenía más sentido. ¿O era simplemente que yo se lo daba? No lo sé. Era un niño, todo lo nuevo, por su carácter ajeno, resultaba ser un sinsentido mucho más comprensible que lo que extraigo a estas alturas de lo conocido. La capacidad de análisis que supuestamente trae la adultez llevó los chunches más corrientes a la abstracción. Lámparas, escobas, arrollados de carne, mazos de cartas, pedos, libros, cortinas, estopas para lavar los trastos, carros, muros de adobe, ojos, etc. Todo no-es.
Y ahora que termine de escribir este post (cagate de risa), voy a seguir youtubeando esas cositas. ¡Lindo el internet!
(Si escribí esto por segunda vez con leves cambios, es simplemente porque el devenir lo hizo estrictamente necesario. O, simplemente, porque estoy borracho, y me dio la gana lanzarle a usted una fucking diatriba. Cúlpeme por escribir como quiero, y no como debo, o por no haber terminado de leer Abadón el Exterminador por pura puta pereza.)